Venezolanos en la lucha a pesar de la pandemia

Carlos Flores y su esposa, Rosibeth Dávila, son dos venezolanos, como otros radicados en esta ciudad, que han cumplido estrictamente la cuarentena para enfrentar el coronavirus.

Ellos llegaron a Gualaceo el 25 de enero del 2018 y se dedicaron a vender las famosas arepas venezolanas, granjeros, hot dogs, hamburguesas, chaulafán y empanadas, en un puesto ubicado por el sector de la terminal terrestre.

Carlos comenta que esta pandemia les cambió la vida. Hoy, luego de cumplir con la cuarentana, tomaron las medidas promulgadas por la OMS y las disposiciones del COE cantonal y ya con semáforo amarillo decidieron salir a vender sus productos entregando en locales comerciales, tiendas y al paso a las personas que gustan de sus alimentos.

Secos de pollo, chaulafán son los alimentos que preparan tomando las medidas de bioseguridad necesarias. Explica que al no tener los permisos para volver a vender en su puesto hoy ofertan de forma personal.

“A las personas les gusta nuestra sazón, además nos hemos guiado por la cultura de la región, porque les gusta el arroz y es lo que se prepara”, dice.

Además, preparan pernil en salsa, que lleva papas, huevo, maduro y la oferta va con un vaso de jugo, todo a un dólar, dice.

Esta pareja del país llanero, a primeras horas salen a las calles de Gualaceo. Usan camisas verdes, a la altura del pecho se describe Burger Swing. El cajón que cargan lleva el mismo logotipo, en su interior está el producto debidamente empacado para ser ofertado.

“Agradecemos a Dios y a las personas de Gualaceo porque nos han tratado muy bien”, dice Rosibeth Dávila, esposa de Carlos.

Ellos cada día se levantan antes de las cinco de la mañana para preparar los alimentos. Los venden hasta la media mañana. Al medio día elaboran una nueva cantidad para venderlas en el almuerzo. Y en la tarde si hay pedidos los entregan a domicilio.

Dicen contar con todos sus documentos legales. En su natal Venezuela Carlos trabajaba como profesor universitario. Es licenciado en lengua, literatura y latín. Su esposa Rosibeth Dávila es licenciada en educación integral. Salieron de su país para responder a su familia que quedó en Venezuela. Allá está su pequeña hija con sus abuelos y tíos.

“El emigrar trae consecuencias porque uno está lejos de la familia. El año anterior recibí la mala noticia del fallecimiento de mi hermano”, expresa.

Algo importante para Carlos es el de mantenerse a pie y trabajar. Lamentó que otros paisanos no tomen en serio la permanencia en este país. Unos mendigan y eso hace ver mal a otros que sí trabajamos. No importa que dos personas digan no, pero las ocho de diez nos compran, subraya. Con esto no hacemos riqueza, pero nos mantenemos, termina diciendo.

(I)

421 visualizaciones0 comentarios