Se nos va la toquilla

Por Emilia Vera. La mañana es húmeda, lo cual acentúa el olor de la paja que cuelga de sogas delgadas organizadas en líneas paralelas y se distribuye en ramilletes que forman abanicos por todo el patio de la casa de Imelda López.

Imelda tiene 42 años y teje sombreros de paja toquilla desde los seis. Aprendió de su madre, que pacientemente le enseñó a ella y a sus hermanos cuando eran niños: “Tejiendo de paja en paja”.

Nació en la parroquia San Martín de Puzhío, pero migró al cantón Chordeleg porque le parecía una mejor comunidad. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) explica que alrededor de 763 millones de personas se desplazan dentro de sus propios países, impulsadas por la pobreza, la falta de trabajo, los escasos recursos alimenticios e hídricos, entre otras cosas.

A Imelda no le ha ido mal. Comenta tranquila: “¡Puuu!, acá llegan un montón de turistas, también artistas que vienen a filmar la paja y se toman fotos con lo que está aquí colgado y tendido. Pero ha bajado, ha bajado bastante porque no hay turistas debido a la pandemia. Además cayó el precio del sombrero. El sombrero que antes se daba a trece dólares ahora está a ocho, nueve”.

Según la propuesta del Plan de Desarrollo Turístico del cantón Chordeleg del año 2018, mensualmente entre 400 y 500 turistas visitaban Chordeleg en temporadas bajas, y en temporadas altas, como en feriados nacionales, alrededor de 1.000.

En la actualidad el sector turístico es uno de los más afectados debido a la crisis sanitaria provocada por el Covid-19. La Organización Mundial del Turismo (OMT) calcula que en 2020 las cifras de turismo internacional podrían terminar cayendo en un 60% u 80%.

En la casa de Imelda es posible observar la ejecución del sombrero de paja toquilla desde la adquisición de la paja que llega -todavía verde- de la costa ecuatoriana, hasta el proceso de blanqueamiento que Imelda explica de la siguiente manera:

“Tendemos la paja en el sol, la lavamos, esperamos a que esté blanda y la sahumamos con azufre para que blanquee, vuelta volvemos a dejarla en el sol, vuelta la recogemos y la lavamos. Tres días después termina el proceso”.

Con la paja lista empieza la obra, el tejido del sombrero puede tomar un día o varios meses, dependiendo de la prolijidad con la que se lo haga.

Conversando, caminando, paradas o sentadas; se observa a las pocas toquilleras que aún quedan en el cantón Chordeleg. Tejiendo y tejiendo, mecánicamente, a veces ni siquiera se detienen a observar cómo va el tejido. Se mantienen seguras de que han entrenado suficientemente bien a sus manos para que se encarguen solas del trabajo.

Es una lástima que no quede público para semejante espectáculo. Aun así, esto no parece inquietar mucho a las autoridades que están demasiado ocupadas celebrando títulos que ha recibido el cantón, como: “Ciudad Creativa de la UNESCO” y “Pueblo Mágico del Ecuador”.

Pero la realidad no es tan célebre. Ana Loja, miembro del Centro Agro Artesanal de Chordeleg comenta:

“A la juventud ya no le interesa aprender a tejer paja toquilla debido a que no es un oficio rentable. Yo ahora prefiero tejer sombreros a crochet porque con el tejido tradicional el sombrero necesita ser procesado y eso vale 6 dólares, así que mandando a procesar no se gana nada”.

No obstante, primero pueden morir las tradiciones antes que las expectativas de las autoridades.

Yolanda Cárdenas, analista de turismo patrimonio y producción del GAD municipal de Chordeleg, manifiesta que actualmente se está preparando un proyecto de alrededor de setenta mil dólares que consistirá en capacitaciones para los artesanos, porque: “Es necesario mejorar la calidad del producto para aumentar las ventas”.

Además de que se implementará un centro comercial que estará dispuesto para las cuatro ramas de artesanías con las que cuenta Chordeleg: orfebrería, alfarería, zapatería y paja toquilla.

Mientras tanto, Julia Peláez, miembro de la Sociedad Artesanal Tesoros del Inca, explica: “Nunca hemos recibido ayuda de las autoridades, tampoco la hemos pedido. Antes de la pandemia estábamos bien, teníamos pedidos, la sociedad contaba con treinta socios y los miembros podían recibir un sueldo semanal ya que la organización disponía de un crédito. Pero ahora no hay ventas, nos quedamos con la mercadería de los meses que pasamos en confinamiento y los socios se redujeron a cuatro o cinco”.

A pesar de todo, Julia continúa atendiendo el negocio de artesanías que estableció junto a sus socios hace 20 años, abriendo “con miedo, con miedo”, como ella explica; pero con la ilusión de que lleguen tiempos mejores. Le apena la idea de que se pierda la tradición del tejido de paja toquilla, por lo que instruye a su hijo en la práctica y está a la espera de que su niña de cuatro años crezca para que también aprenda.

Así que toca esperar -como Julia- que los/las tejedores/ras de paja toquilla no terminen de desaparecer antes de que los tiempos mejoren.


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